martes, 31 de enero de 2012

Las Guardianas de la Puerta de Sangre: Gemma


Mi nombre es Gemma, y soy la menor, quizá sea más correcto decir la más joven, de las Guardianas de la Puerta de Sangre... Nos llamamos entre nosotras hermanas, y os contare un secreto... ¿Me estáis prestando atención, corderitos?... Bien, no lo somos realmente, lo nuestro es algo así como una hermandad. Se que las leyendas nos muestran como viejas deformes, verrugosas y ¿feas? Más bien asquerosas... Miradme: ¿pensáis que soy deforme, verrugosa o asquerosa? ¿No es cierto que meterías vuestros ricos troncos en mi sin dudarlo, aún sabiendo que los ibais a perder enseguida?... Lo sabía.
Aclarado que somos mujeres de aspecto hermosa y eternamente joven, pasemos a otros negocios... ¿Qué es lo que más me gusta? Vosotros, tanto ellas como ellos, me gustáis asados, guisados, hervidos, en salsa, rellenos, me gustáis de todas las formas... hasta entre mis sabanas.
¿Qué era antes de ser Guardiana? Sinceramente llevó siéndolo desde que era una niña y mate a dos parejas de niños de mi edad en casa de mi abuela... A esos no me los comí, no sabía que se podía hacer eso, era una niña muy tonta: con lo mal que se comía en el norte de España a principios del siglo XX y yo perdiéndome el sabor del animal que más sobraba en aquella época... la cría de cerdo católico romano, pobre y español...
Los gritos de auxilio y golpes de una mujer que provienen de los aposentos de Pandora indican que nuestra mayor se esta guardando un aperitivo para ella sola... Bueno, no seré yo quien la denuncie. Además, tenemos una nueva invitada, cortesía de mi querido Bufón... Aún muy flaca pero tenemos tiempo para su preparación, mi protegido no quiere usar la Puerta en un futuro inmediato, son otras motivaciones las que le instan a enviar este tributo. Bufón es algo así como nuestro consentido y nuestra mascota, se que las demás harán la vista gorda sin problemas.
Alicia, el tributo, es una muchachita bastante mona, tiene 21 años y esta, quizá, demasiado delgada para un asado (no hay nada que nos guste más que un buen asado al horno o a la barbacoa), pero sus pechos, redondos y abundantes, y esas mejillas llenitas, indican que no será costosa de cebar en un ciclo lunar... Lo cierto es que me van a reñir, la muchacha tiene toda la zona del pecho y las axilas llena de chupetones, porque, no pude resistirme a saborearla mientras la conducía hasta la casa... Si la vierais, tan dulce (aunque solo sea exteriormente, en realidad nos encontramos ante la típica santita hipócrita harta de manipular a los demás, y cosas peores, con tal de salirse con la suya) y apetitosa, ¿acaso tendrías las manos quietas teniendo tamaño cuerpo, maniatado, a vuestra merced?
Una vez en la casa la despojo de su camiseta de tirantes rosa y sus pantalones, y paso a inspeccionarla mejor: es bueno saber cosas como el peso, la altura, salud, etc. para poder preparar, llegado el momento, al tributo como mejor vaya a quedar.
-Un metro sesenta y cinco centímetros de altura, 45 kg de peso... Esto hay que subirlo, corderito, podría tocar el xilófono en tus costillas – la dije, aprovechando para amasar aquellos pechos tan apetitosos -... Por lo demás pareces lo bastante sana para no intoxicarnos a nosotras o morirte tú antes de tiempo.
-Por favor, no...
-No siguas por ahí, cielito – dije, acariciándola con mi cuchillo -... me pongo a cien al escuchar suplicas, y no respondo, así que, como no quiero que me den un reprimenda por no compartirte, mejor – y la incrusto una naranja en la boca - te mantendremos calladita.
La dejo atada en la sala de inspecciones, y voy a por el carro para trasladarla a la cocina...
-¡Vaya! – digo al encontrar a una deliciosa pelirroja dormida sobre una bandeja con un lecho de lechuga, fresas, y manzana como colchón -, unos días tanto y otros tan poco – me acerco y la palpo -... No se que les pasa a las chicas de hoy en día, todas están en los huesos. A este paso tendrá que ser un tributo doble para quien quiera usar la puerta, o no nos saldrán las cuentas.

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El Bufón: El dulce sabor de la venganza


Ella le había invitado a pasar, él al principio dudo porque apenas se conocían y, porque, su mente le decía una cosa y su polla otra... Con una tía que acabas de conocer mejor no escuchar a la polla.
No lo vio venir... Certera y a traición, aquella bruja pasó por delante de su cuerpo postrado y gimoteante, y luego prendió fuego a la casa. Debía haberse fijado que no era tampoco su casa.
Un fantasma destrozado, Edmundo Dantes clamando venganza tras una máscara de la Comedia del Arte... ¿De que sirve saber quienes son tus enemigos si no puedes mover un dedo contra ellos, porque tanto el poder como sus sicarios de la ley los protegen? Sirve, cuando te conviertes en algo peor que tus enemigos.
A veces hay que meter la verga en la boca asquerosa del mal para poder saborear la venganza tal y como la deseas.
Aquella Milady de Winter iba a recibir todo el mal que había hecho multiplicado por cien... Y Bufón conocía la mejor forma para ello.
-Gemma, mi brujita, creo que tengo un regalito que a ti y a tus amiguitas os va a encantar – llamó por teléfono a la mujer que años atrás lo rebautizara y tratara de comérselo después -, quedamos en tu casa, allí te la traeré. Luego, puedes llevártela a la casa común que tenéis y hacer con ella lo que queráis... eso sí, quiero que sufra.
Luego, se puso su abrigo escarlata, y se encaminó a la calle... Sabía donde y como localizar a la presa. En una hora estaría en casa de Gemma con ella.

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domingo, 29 de enero de 2012

Las Guardianas de la Puerta de Sangre: Pandora


Mi nombre es Pandora, también me llaman la señora de los cuervos, y soy una de las Guardianas de la Puerta de Sangre. La más alta e inteligente de mis hermanas, pero no por ello la menos voraz.
Debe ser por mi extremada palidez que mi plato favorito siempre fueron las muchachas y muchachos morenos de piel... cuanto más gorditos y jugosos mejor. Pero ni yo ni mis hermanas podemos gozar de la carne humana por puro interés, ha de llegarnos en forma de sacrificio, de trueque: quien la Puerta quiere cruzar, antes con carne su paso debe canjear.
Cierto que mi hermana Gemma se saltó aquel juramento al tratar de comerse a aquel muchacho: Bufón; pero, quien hizo la ley hizo la trampa... ¿No?
Y prometo que apunto estuve de saltármelo, yo también, cuando aquella mujer entro en casa... deliciosamente cachetona y de una piel morena semejante a la seda o el terciopelo, tenía una sonrisa tan dulce que apunto estabas de confundirla con bombón de chocolate con leche.
Xena tenía 31 años, pero aún estaba lo bastante tierna para hincarla el diente... Por lo genera preferimos carne más joven. Alta y curvilínea, una sabrosa lechona. La serví algo de alcohol, con el fin de macerarla, y a punto estaba de catarla cuando dijo que traía un presente para hacer el trueque...
... La enviaba su jefe, el verdadero interesado en la puerta, y junto a ella traía otra delicia mucho más joven y tierna...
Aún así, la invite a que se quedara... Nunca se sabe si quedaras del todo satisfecha ¿Verdad? Y sobre todo cuando compartes con dos más.
Aunque, en tal caso, Xena iba a ser solo mía: Solo para mi estomago.... jejejejejejejeje...
Cuando trajo a la muchacha, resulto un poco decepcionante: pelirroja (tienen fama de ser bastante insípidas en cuanto a su sabor), muy blanca (¿A que sabe la nieve? A nada) y flaca, solo la salvaban unos pechos redondos y firmes, como balones de balonmano, y unos muslos bien torneados que podían remitir a los jamones mejor curados.
-Una chica mona – dije, disimulando mi decepción... Tendría que ver que opinaban mis hermanas.
-Mi jefe espera que os agrade – dijo Xena.
Si te hubiera mandado solo a ti le daría las llaves sin siquiera pensarlo, me dije, devorando a la morena con los ojos, lujuria antropófaga.
-¿Hay trato? – preguntó Xena, nerviosa, quizá, por mi silencio.
-Claro – la indique que me siguiera – puede seguirme... firmaremos el contrato en mi habitación.
No existía tal contrato, en mi habitación la encerré en una jaula, no sin cierta excitante resistencia, y regresé para discutir con mis hermanas que hacer con aquel tributo.
-No temas, pequeña – la dije al volver a ver al tributo – Aquí estarás cómoda y caliente, sobre todo, muy cómoda... Te tengo preparado un lecho de lechuga, fresas y manzana, donde dormirás todo el trayecto hasta mi boca – y reí malvada, al verla temblar aterrada.
-Tengo un poco de sueño, no podemos esperar a mañana – trató de disculparse la condenada.
Sonriendo, y levantándole la tapa a la bandeja, donde se mostraba tal lecho, la respondí.
-Pues anda, túmbate en la camita, que yo enciendo el fuego.
Encogiéndose de hombros, y haciendo un mohín, la chica se dio por vencida... y caminó hacia su camita en la cocina...
-Mmm... Ok.
Enseguida se quedo dormida.
-Ahora si que te ves bonita – dije acariciando su cuerpo tumbado de costado -... Veamos a que sabe tu tetita – libere uno de sus globitos, y me agache para chupar el sonrosada pezón -... Mmmmm... que rico arándano...
Así que, empujando el carro, donde iba la bandeja, nos adentramos aún más en la cocina. Allí esperaríamos a mis hermanas... que ya se empezaban a retrasar. De no ser por el ritual, ya estaría cortando esas 9 ramitas que esta chica llama dedos, y ofreciendo su premio a mis cuervos.

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viernes, 27 de enero de 2012

Las Guardianas de la Puerta de Sangre: El tributo



Muchos antiguos conocían la historia de la Puerta de Sangre que había pasado de generación en generación, y, también, conocían el tributo que había de pagarse para cruzarla... Tres ancianas la guardaban, y las tres cobraban el tributo exigido a todo aquel que quisiera traspasarla: una vida inocente.
Fue de la madrastra, harta de la desobediencia del miembro más joven del clan, la idea de mandar a Karen al refugio de las tres guardianas.
La joven de los extraños ojos penetro en la densa arboleda que conducía al aislado refugió de las tres guardianas, obedeciendo cada una de las normas y reglas que su madrastra la había dictado, a fin de no molestar a tan insignes damas.
Cruzó un monte y después un pinar, igual de denso que la arboleda, camino casi dos horas hasta dar con la casa de las tres brujas.
En una ventana había tres pastelillos recién hechos, las tripas de Karen rugieron, y, pensó que no las importaría que probara uno. Así lo hizo...
-Hermanas, creo que tenemos un ladronzuelo.
Dijo una voz, como el siseo de una serpiente, dentro de la casa.
-Ladronzuela – corrigió una segunda – puedo oler su feminidad fresca y saludable.
-Iré a ver – dijo la tercera.
Karen, que con el masticar, nada escuchó, había olvidado todo recato y cuidado, apartados de su mente por las dos horas de caminata y el hambre acumulada, y ya se acercaba tentada por el segundo pastel. Andaba alargando su mano hacía este, cuando una garra la atrapo por la muñeca.
-¡Uy! Pues bien carnosa y tierna está esta ladronzuela - dijo la dueña de la tercera voz, sin parar de apretar el brazo de Karen, primero con una garra y después con las dos. Al principio Karen se asusto, pero, enseguida se supo en casa de aquellas que buscaba.
Las tres encorvadas brujas salieron a recibirla, rodeándola y haciéndola girar para mirarla de arriba abajo.
-Sonrosada y sana como una manzana.
-Que cara tan linda y dulce, con estas mejillas tan carnosas y encarnadas.
-Que cuerpo tan firme y redondeado.
Cada una alabó algo de Karen, quien tomo esto como parte del ceremonial y soporto con estoicismo el examen... ignorando la verdadera naturaleza de este.
La primera de ellas, alta, flaca, y muy fea, a la que le tuvo enseguida miedo, se comporto muy amable y cariñosa con Karen. La cogió del brazo y la introdujo en la casa, a donde las siguieron las otras dos. Ofertó pan y leche a Karen, quien acepto gustosa, pues, aún no se la había pasado el hambre.. Mientras las otras dos cerraron bien la puerta...
Después que la dieron de comer y Karen se sintió llena, vino la sorpresa, y, con fuerza hercúlea, entre las tres, la encerraron en una jaula grande...
Ahí prisionera paso días, mientras, las tres brujas, contentas con el tributo, la daban de comer y beber en abundancia, y cada mañana la decían:
-¡Qué linda estás! ¡Más gordita y sonrosada cada día! ¡Qué banquete vamos a tener!
Karen, incapaz de defenderse, y con su odio por la madrastra creciendo por cada día de cautiverio, atendía con miedo, e incapaz de defenderse o huir (la magia de las tres mujeres era poderosa), a esas palabras y pensaba que no la quedaría más destino que ser comida de aquellas brujas.
Pasados 9 días, en que las tres mujeres se habían dedicado a dar de comer bien a Karen, para que estuviese gordita, se prepararon los 9 cuchillos, 3 para cada una, con los que la cortarían 9 de su diez dedos (gruesos y carnosos tras el proceso de engorde) que enseguida guardarían como primer pago... Encendieron el horno, donde echarían a la chica, empujándola con largas picas, a fin de que no escapara, y, de intentarlo quedara lo suficientemente herida (nunca muerta, pues estropearía el banquete que con ella se darían) para no dar más guerra, al interior. Los 9 dedos servirían de llaves para la puerta, que, como ellas, exigía un tributo de sangre y carne, y el resto de Karen como cena y pago de los servicios prestados.
Karen había sido traicionada por su “familia”, por los mismos por los que había renunciado a seguir viendo a su amado, una de las pocas personas a las que parecía importarle lo que la pasara. Solo esperaba vivir para ver a la madrastra, cuando viniera a disfrutar la otra parte del trato (el uso de la puerta), para poder escupirla en su asquerosa cara.

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jueves, 26 de enero de 2012

El Bufón: Toc, toc ¿Quién es?


Algunos nacen guapos, otros inteligentes, un porcentaje puede que no sea ni guapo ni inteligente, pero, nace con una flor en el culo o un colchón económico, hay quien nace feo, y quien nace idiota, y, por último, hay quien nace para ser un bufón.
Aquellos ojos enormes, melancólicos y algo inquietantes lo observaban todo desde debajo de aquella máscara. El abrigo largo de un vivo escarlata ondeaba con la brisa.
Recuerdos encadenados...
... Los enormes ojos fijos en aquellos, idem, pechos, los de su canguro, quien había organizado una fiesta en ausencia de los tutores del chico.
-¿Te gustan? – ella pensaba, como casi todo el mundo que él tenía algún tipo de retraso, y por eso no hablaba y era tan retraído, pensó que aquello era hacerle un favor – Puedes tocarlos – ella le cogió de la mano y se la llevo al amplio escote de su top – son muy blanditas ¿Verdad?
-Auténticos almohadones – contestó él, mientras con la mano libre se encendía un cigarro.
-No deberías fumar – le reprendió ella con tono de madre, se había licenciado en magisterio, seguramente sacó a la pedagoga que había en ella.
Se quemo los dedos al ir a arrebatarle el cigarro.
-Y tu no deberías acosarme sexualmente – le respondió él, dando otra calada al cigarro.
Tenía 15 años, por qué cojones seguía teniendo una canguro.
-¿De que vas? – preguntó ella, entre ofendida y confundida.
-Acabas de meterme la mano entre tus tetas. Veamos, se que no soy tu tipo, observando a los tipos por los que, desde que empezó la fiesta, te has dejado manosear... así que, o eres más puta que las gallinas o me acosas sexualmente para que no me chive – apagó el cigarro en un cenicero -... No te hubiera hecho falta, no soy un chivato.
-Imbecil – se marcho ella, recolocándose las tetas.
Entonces pasó, fue la primera vez que vio a Eddie Claw... Enorme, la piel verdosa, encorvado y salvaje, y con afiladas garras en sus cuatro apéndices. Oteó por toda la fiesta, como un animal buscando a su presa... y se fijó en la canguro.
-¡Tetas! ¡Tetas! ¡Tetas!
Ella se dio cuenta y corrió, sin importarle a quien empujaba o pisaba, en busca de la salida... Eddie hizo lo mismo, pero de una forma más sangrienta y, aún más, desordenada. La chica alcanzó la puerta y salió, aquella bestia hizo un verdadero destrozo en la entrada al seguirla.
No era él único episodio del pasado que le había marcado, aún conservaba el nombre con el que aquella caníbal le bautizara: Bufón... siempre le pareció lo más correcto, pues, seguía siendo el primer recuerdo de su vida, todo lo anterior seguía en penumbras.
La brisa casi derribó el sombrero de arlequín con el que cubría su cabeza... Sus cabellos, que seguían manteniendo aquel constante aspecto despeinado, desordenado, pugnaban por liberarse de la coleta y el sombrero para molestarle la vista... Con Eddie suelto, aquel era un lujo que no se podía permitir.
El móvil vibro bajo el abrigo, él lo sacó y leyó el mensaje: “Cuando puedas ven hay unas cosas que quiero enseñarte”; Bufón sonrió y contestó: “No dudes de que iré, aunque sean otras cosas las que me gustaría que me mostrases”; aquello de seguro que sonrojaría a la remitente del mensaje... Hagas lo que hagas, no dejes indiferente a nadie.
Eddie tardaba en aparecer... pero Bufón sabía que aquella noche la bestia iba a salir de caza, y aunque la paciencia y su aberración al frío le traicionaban, siguió allí apostado... Esperando.
Desvió un instante la mirada a sus pies, solo llevaba dos cigarros desde que empezara la guardia... Tendría que felicitarse más tarde.
Mantenía el contacto con aquella mujer, la misma que trató de comérselo... Era algo dentro de él lo que le arrastró de regreso a ella, y desde entonces no había dejado de visitarla, al menos una vez a la semana. Una temeridad, dadas sus tendencias, pues corría el peligro de acabar en el horno o en la hoya.
-Que imaginación tienes, querido – le respondía siempre ella.
No había envejecido nada en todos aquellos años.
-¿Serás capaz de estarte quieta ante un varón tan apetecible como un servidor? – simulaba, él, siempre sorpresa.
-Dios, que autoestima tienes – le respondía ella, alzando los ojos al cielo.
-Modesto bajo de los altares para que yo subiera – era su replica.
Él siempre la hacía reír, por eso nunca había querido subsanar el error del pasado.
-Ya sabes, ingenioso, de mente rápida y lengua afilada – terminaba, él, siempre, añadiendo una burlesca reverencia.
Finalmente Eddie apareció. Había perdido algo de pelo con los años, pero seguía siendo aterrador... un fruto más de la represión sexual judeocristiana que tanto imperaba. Un adolescente tímido y reprimido se ve invadido por una frenética sed sexual, acaba por estallar, y aquella explosión es bautizada como Eddie Claw... sí, Bufón le entendía bien.
Antes de presentarse a la cita, Bufón comprobó su arsenal... Todo en orden. Luego saltó a la calle.
-Ya he visto tu poder, el poder de la civilización, pero tu no has visto todo mi poder – Eddie era todo un melodramático.
-¿Quieres que compre palomitas y me siente a observar mientras me lo enseñas? – le replicó él.
-¡Voy a comerte vivo! – la bestia cargó.
-Dios, que atrevido – fingió la voz de una doncella en peligro -, ya se que no es nuestra primera cita, pero soy chica de ir despacio, semental.
Reírse de Eddie no era inteligente, ni, debido el respeto que le tenía, algo que le agradara, pero, furiosa, la bestia, era más fácil de pillar en un error... y Bufón siempre sabía aprovechar su oportunidad.
Como habían cambiado las cosas en tan pocos años ¿Verdad?
O quizá no.

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¿Quién soy?


¿Quién soy?
¿Cómo me llamas cada día?
¿Amor?
¿Cariño?
Soy aquello que perdiste
cuando aún tenías tiempo para pensar en quimeras,
soy el romanticismo del que renegaste
cansado de que te hicieran daño.
Ahora sufres, bufón,
y culpas a todos de tu desgracia,
escondes tu pena
tras la sonrisa de un payaso...
Ahora, entre los pecadores
eres un santo.

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martes, 24 de enero de 2012

El Bufón: La sonrisa del pequeño payaso


¿Cuándo pierde la sonrisa un niño? Cuando comprende que existe la mortalidad, y que él también tiene fecha de caducidad.
-Que bueno que te dejes comer – dijo la mujer, frotándose las manos, mientras el flacucho muchacho, disfrazado de arlequín, la miraba sin entender, abrazado a su violín.
La mujer le había abierto la puerta de la casa, y antes de que él dijera nada ella ya había anunciado.
-¿Truco o trato?
Él con los ojos enrojecidos y la mente confusa, se limitó a asentir sin saber muy bien donde estaba, cuando estaba, y que debía contestar.
-Truco, por supuesto – se respondió la mujer, alargando el brazo para alborotar con la mano, el ya despeinado cabello del muchacho.
Lo invitó a pasar.
Él que no recordaba quien era, ni como había llegado hasta esa puerta... que había llamado por puro instinto, tan solo obedeció lo que la mujer le indicaba.
Le sentó en un sofá, enorme en comparación con su cuerpo, y ella se sentó enfrente.
-Voy a comerte ¿Te supone mucho problema? – pregunto la mujer, con una sonrisa esperanzada.
El le respondió que no había ninguno, porque pensó que, complacerla, era lo más correcto dada la hospitalidad de su anfitriona.
Lluvia, gritos... bultos de carne sobre el asfalto... sangre...
La lluvia y los gritos conformaban una cortina demasiado espesa dentro de su mente... nublando su memoria.
¿Quién era?
¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado allí?
Le dolía la cabeza cada vez que intentaba recordar... El primer recuerdo claro en su mente era la puerta de esa casa abriéndose, y aquella mujer preguntándole:
-¿Truco o trato? – para, antes de que él dijera nada, si es que hubiera sabido que decir, añadiera – Truco, por supuesto.
Sus ojos grandes y enrojecidos desviaron la mirada a través de la ventana... Hacia el exterior... La casa era un primer piso, con un jardín grande en la parte de atrás.
-No tengo a donde ir, estoy mojado y tengo frío – fueron las primeras palabras del chico, que miraba a la mujer a través de sus largas pestañas, con ojos irritados y suplicantes.
La mujer sonrió.
-Podría encender la chimenea, pero creo que adelantare más encendiendo el horno – rió la mujer -, mientras, te prestare una manta para que te arropes – fue a buscar en un armario -... Mientras tanto, dime ¿De donde vienes?
-¿De donde vengo? – el chico buscaba la respuesta en su mente, encontró un dolor de cabeza -... No lo recuerdo – respondió con pena, mientras tomaba la manta - ¿Dónde podría desnudarme?
-Sigue al cuarto que esta después de la cocina – le indicó la mujer -. Allí podrás desnudarte, mientras te preparo algo caliente – y pensándoselo mejor - ¿Quieres que te prepare también la bañera, para que te des un baño cálido?
-Claro - asiente el chico lentamente... aún preguntándose de donde había venido, y como había llegado allí -. Si no es mucha molestia, claro.
La mujer le azuzo a que fuera a donde le había indicado.
Una vez allí, el muchacho se deshizo del disfraz de arlequín que se le pegaba al cuerpo... ¿Por qué iba así vestido? Se preguntó.
-Ya estoy – anunció, una vez estuvo solo cubierto con la manta.
-Toma – dijo la mujer entrando en la estancia, con una taza humeante - espero que te guste... Espérame en el comedor, iré a preparar la bañera (un modelo antiguo y de gran tamaño)
No se hizo de esperar mucho la anfitriona.
-Venga, entra. Ya esta todo preparado
El chico entró, sin parecer muy consciente de que participaba en el llegar de su muerte, y, con cierto pudor, dejó caer la manta al lado de la bañera, mientras se introducía en esta...
-Esta muy caliente - anunció el muchacho, aunque, por otro lado, era evidente.
Al mirar el tierno, aunque excesivamente delgado, y pálido cuerpo, los ojos de la mujer brillaron.
-¿Caliente? ¿Que esperabas? Tu mismo me diste permiso para que pudiera comerte – y abandonando el baño - Ya vengo, traeré unas esencias, para que estés mejor
-Me voy a cocer aquí dentro - dijo el muchacho, quien ante el calor parecía despertar de su ensueño.
-Eres un quéjica – digo la mujer, dándose prisa en su regreso -... Tranquilo, aún no te voy a dejar morir, ya estoy aquí – y tendiéndole un frasco -. Toma. Este aceite de almendras te hará sentir mejor. Si quieres te lo pongo yo.
-Sí, mejor. Aun tiemblo, no sabría como ponerme.
La mujer se quitó la ropa y entró a la bañera. Comenzó a masajear al chico, mientras por dentro ya se relamía y lo saboreaba. Comenzó con los pies y fue subiendo.
-¿Cual es tu nombre? ¿Lo recuerdas?
Él negó con la cabeza.
-¿Qué tal si te llamo Bufón? Para lo que vas a durar, al menos así recordaré nuestro encuentro.
-Bueno
-Bufón, ¿sabes?, me gustan las sorpresas ¿A ti te gustan?'
-No lo recuerdo – confesó, sinceramente él.
-Espero que te gusten, por que quiero que este dentro de mi. Me encantaría comerte a pedacitos ¿Te dejarías?
-¿Comerme? – por un momento, lo había olvidado.
-Sí, y por partes – saliendo de la bañera, sin preocuparse en volver a vestirse - Traeré un par de copas con vino ¿Quieres??
-No se si me gusta el vino, pero... Vale.
-¿Prefieres un tequila? ¿Un brandi? – quería atontarlo antes de empezar a comérselo en vivo.
El chico se rasco la cabeza, de cabellos largos, castaños, y despeinados...
-No se si me gusta beber... Traiga lo que usted tome.
La mujer aprovechó su viaje a la cocina para poner a asar una patatas sobre la enorme bandeja que en el interior del horno ya aguardaba al muchacho.
Lleno dos copas y se dirigió al baño.
-Toma – le ofreció al muchacho.
El chico tomó la copa y se la llevó a los labios... Degustó el licor, intentando recordar, esforzándose por vislumbrar si alguna vez lo había probado.
-Es dulce – es todo lo que sabe decir. Al menos le da valor para preguntar -... ¿Servirá para que no me duela cuando empiece a...? – en ese momento, no se atreve a continuar - ¿... cuando me empiece a devorar? – termina, por fin.
-Preguntas mucho, tu lengua debe ser carne ya dura – se quejó la mujer.
El chico asintió, avergonzado por no ser digno de su palabra,
-Perdóneme si la estoy defraudando - dijo con tono apenado.
Y de un trago se terminó la copa.
-Adelante, soy todo suyo – le anunció a su anfitriona, pero sin atreverse a mirarla.
La mujer sonriente, satisfecha, volvió a introducirse en la bañera... Siguió masajeándole, hasta llegar a la altura de la cabeza, entre los hombros y el cuello... caricia y caricia... Sumergiéndole poco a poco, y una vez en el fondo, sosteniéndole a pulso con la finalidad de ahogarlo.
Por instinto lucha, aunque diera su consentimiento, el cuerpo quería vivir donde la mente ya parecía muerta... Burbujas y convulsiones, hasta que se apaga.
-Ya esta listo – susurró la mujer, con sonrisa triunfante.
La mano cerrada y un gesto de suplica en el rostro inerte... ¿durmiente?
La mujer fue a otra habitación, él chico no iba a moverse, y regresó con un carro, especial para esas ocasiones, donde cargarle...
... Y de allí, a la cocina, donde ya había dejado esperando a sus cuchillos, sus agujas quirúrgicas y los condimentos que siempre reservaba para esas ocasiones especiales.
-Una pena que este tan flacucho – dijo, mientras entraba en el baño arrastrando el carro.
Empezaría separando la carne y los músculos del hueso en la zona de los brazos, era una zona que en los más jóvenes conservaba cierta rolliza ternura... Como las mejillas o las nalgas.
El resto, una vez también lo separara del hueso, iría a la nevera para días sucesivos.
La mujer entró en el baño, arrastrando el carro... pero él ya no estaba.

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